San Isidoro de Sevilla (560-636)

San Isidoro de Sevilla (560-636)

Arzobispo de Sevilla (muerto en 636 o 39), San Isidoro, hermano y sucesor de San Leandro en la sede arzobispal de Sevilla, era de familia principesca. También era hermano de San Fulgencio y de Santa Florentina, virgen y religiosa, ilustre por sus cantos sagrados. Se dice que la nodriza de Isidoro, habiéndolo dejado solo un instante en el jardín de su padre, fue rodeado de un enjambre de abejas, algunas de las cuales se posaron sobre su rostro y sus labios sin hacerle ningún daño, presagio del raudal de elocuencia que habría de manar un día de boca del Gran Doctor. 

Un gran artesano en la lucha contra el arrianismo 

Joven aún, fue confiado a su hermano Leandro, quien le amaba como a un hijo, pero que ejerció con él una gran severidad. Un día, Isidoro, desanimado por el fracaso de sus esfuerzos y rechazado por las enérgicas correcciones del arzobispo, huyó de la escuela de Sevilla. Después de andar errante por algún tiempo en el campo, extenuado de sed y de cansancio, se sentó  cerca de un pozo y se puso a observar con curiosidad los surcos que se hacían en el brocal.

 

Se preguntó de donde provenía ese trabajo, cuando una mujer que venia a recoger agua al pozo, asombrada por la belleza y la humilde inocencia del escolar, le explicó que las gotas de agua, cayendo continuamente sobre el mismo lugar, habían hundido la piedra. Entonces el niño se dijo que si la dureza de la piedra se dejaba así marcar gota a gota por el agua, su espíritu  sería igual frente a la enseñanza. Retornó al lado de su hermano y terminó su educación para dominar pronto el latín, el griego y el hebreo y convertirse en colaborador activo de Leandro en la obra de conversión de los arrianos 

Se convierte en arzobispo de Sevilla después de su hermano 

Su celo y su ciencia irritaron tanto a los herejes que resolvieron matarlo, pero la Providencia se los arrancó de las manos. Entonces, para profundizar aun más en la ciencia de la fe, entró a un monasterio donde se dedicó tanto a las virtudes religiosas como al estudio.  A la muerte de Leandro fue electo en su lugar con unánimes aplausos del pueblo. Mientras todos se regocijaban por su elección, él lloraba solo.

 

Desde que le fue ceñida la mitra y puesto en la mano el báculo episcopal, su vida no fue más que un perpetuo sacrificio y no dejó de prodigarse a su rebaño, hasta el punto que es incomprensible como la vida de un hombre tan ocupada por un ministerio exterior ha podido lograr escritos tan sabios. Prevenido por el cielo de su pronto tránsito, se hizo llevar a la Iglesia, pidió un cilicio y murió sobre las cenizas.

 

(en “Vida de los santos para todos los días del año.”)