La coronación de María en el Cielo

La coronación de María

La que en la anunciación se definió como « esclava del Señor » fue durante toda su vida terrena fiel a lo que este nombre expresa, confirmando así que era una verdadera « discípula » de Cristo, el cual subrayaba intensamente el carácter de servicio de su propia misión: el Hijo del hombre « no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos » (Mt 20, 28).

Por esto María ha sido la primera entre aquellos que, « sirviendo a Cristo también en los demás, conducen en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar », Y ha conseguido plenamente aquel « estado de libertad real », propio de los discípulos de Cristo: ¡servir quiere decir reinar!

 

« Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28) ».

María, esclava del Señor, forma parte de este Reino del Hijo.

 

La gloria de servir no cesa de ser su exaltación real; asunta a los cielos, ella no termina aquel servicio suyo salvífico, en el que se manifiesta la mediación materna, « hasta la consumación perpetua de todos los elegidos ».Así aquella, que aquí en la tierra « guardó fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz », sigue estando unida a él, mientras ya « a El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre ». Así en su asunción a los cielos, María está como envuelta por toda la realidad de la comunión de los santos, y su misma unión con el Hijo en la gloria está dirigida toda ella hacia la plenitud definitiva del Reino, cuando « Dios sea todo en todas las cosas ».

También en esta fase la mediación materna de María sigue estando subordinada a aquel que es el único Mediador, hasta la realización definitiva de la « plenitud de los tiempos »,es decir, hasta que « todo tenga a Cristo por Cabeza » (Ef 1, 10).

 

El Santo Padre Juan Pablo II

Redemptoris Mater 41