Los anuncios de María en la Primera Alianza

María vivió, históricamente, en una época de transición entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y  ella es quien trajo al mundo el Verbo divino, El que selló con su sangre rendentora una Nueva Alianza con los hombres, dejándoles en herencia su Evangelio,  Nuevo Testamento entre Dios y los hombres.

El Nuevo Testamento no viene a abolir, sino a cumplir el Antiguo y María es a la vez  la quintaesencia y el Fruto sublime de Sion, cumbre de la Santidad de Israel, pueblo elegido de la Primera Alianza. Ella es al mismo tiempo la que anunciaba tanto el Génesis (“Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar”, Gn 3, 15)  como los profetas de la Primera Alianza para darle al mundo el Unico mediador entre Dios y los hombres, el Mesías tan deseado de Israel.

De esta manera,  como nos lo recuerda ese texto de un autor ortodoxo; el ascenso hacia el momento de la “Plenitud de los tiempos” que pasa por María, aparece en filigrana en todos los libros de la Antigua Alianza:

Si Juan Bautista fue considerado como el más grande antes de Cristo, eso es signo de que la grandeza de la Toda Bendita pertenecía, no solamente al Antiguo Testamento, en  el cual  permaneció oculta, o sin mostrarse, sino también a la Iglesia, en la que Ella se realiza en toda su plenitud y se manifiesta para ser glorificada por todas las generaciones (Lc 1, 48).  La figura de San Juan se queda en el Antiguo Testamento, la de la Santísima Virgen pasa del Antiguo Testamento al Nuevo, y esa transición en la persona de la Madre de Dios nos lleva a comprender cómo uno es la culminación del otro.

El Antiguo Testamento: tiempo de preparación de la humanidad para la venida de Cristo en el seno de María

El Antiguo Testamento no es únicamente una serie de prefiguraciones de Cristo que se tornan descifrables después del Evangelio; es ante todo la historia de la preparación de la humanidad ante la venida de Cristo, ese momento en que la libertad humana se encuentra constantemente puesta a prueba por la voluntad de Dios.

La obediencia de Noé, el sacrificio de Abraham, el éxodo del pueblo de Dios conducido por Moisés a través del desierto, la Ley, los profetas, la sucesión de elecciones divinas, frente a las que los seres humanos o bien permanecen fieles a la promesa o bien desfallecen y sufren castigos (cautividad, destrucción del primer templo). Toda la tradición sagrada de los Judíos es la historia del andar lento y laborioso de la humanidad  caída hacia “la plenitud de los tiempos”, cuando el ángel fue enviado para anunciarle a la Virgen elegida la Encarnación de Dios y a recibir de sus labios el consentimiento humano para que el plan divino de la salvación se realizara.

El “nombre de la Madre de Dios contiene toda la historia de la economía divina en este mundo”.

También, según la palabra de San Juan Damasceno, el nombre de la Madre de Dios contiene toda la historia de la economía divina en este mundo”. (De Fide ort. III). Esta economía divina que prepara las condiciones humanas para la Encarnación del Hijo de Dios no es unilateral: no es una voluntad divina que se quiere tábula rasa de la historia de la humanidad. En su economía de salvación, la Sabiduría de Dios se conforma con las fluctuaciones de la voluntad humana, de las respuetas humanas al llamamiento divino. Es así como ella edifica, a través de las generaciones de justos del Antiguo Testamento,  su casa, la naturaleza completamente pura de la Santísima Virgen  por medio de la cual el Verbo divino llega a ser connatural para nosotros. La respuesta de María al anuncio hecho por el arcángel: He aquí la sierva de Dios,  hágase en mí según su palabra (Lucas 1, 38), resuelve la tragedia de la humanidad caída. Todo lo que Dios exigía de la libertad humana después de la caída ha sido cumplido. Así tendrá lugar la obra de la Redención que sólo el Verbo encarnado podría consumar.

María, cima de la santidad del Antiguo Testamento, pero incluso más...

[...] Como los otros hombres, como  Juan Bautista,  cuya concepción y  nacimiento la Iglesia también festeja -la Virgen, igualmente, vino al mundo bajo la dominación  del pecado original, cargando como todos los demás la responsabilidad común de la caída; pero el pecado nunca se produjo en ella; la herencia pecaminosa de la caída no tuvo ninguna ascendencia sobre su  recta voluntad. Ella representa  el punto culminante de la santidad, que jamás, antes de Cristo, alguien de la descendencia de Adán podía  haber  alcanzado bajo las condiciones del Antiguo Testamento.

Ella será libre de pecado bajo el dominio universal del pecado, exenta de toda seducción dentro de la humanidad  subyugada por el príncipe de este mundo. No puesta por encima de la historia humana para servir a un designio particular de Dios, sino para realizar su vocación singular en los eslabones de la historia, en el destino común de los hombres que esperan su salvación. Y sin embargo, si en la persona de la Madre de Dios nosotros vemos la cima de la santidad del Antiguo Testamento, su santidad no se limita a eso, ya que ella supera las cumbres más altas de la Nueva Alianza alcanzando el grado mayor de santidad al que la Iglesia puede aspirar.

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(Fragmentos de “A la imagen y semejanza de Dios”, (À l’Image et à la ressemblance de Dieu, V. Lossky) Aubier-Montaigne, 1967)